CRÍTICA ABERTZALE DEL PARADIGMA DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
LIMITES TEÓRICO-POLÍTICOS DE LAS IZQUIERDAS NACIONALISTAS ESPAÑOLAS
1. CONTENIDO CHAUVINISTA Y RACISTA DEL NACIONALISMO ESPAÑOL.
Que la historia la escriben los vencedores es una verdad que se olvida demasiado pronto. Que la historia intelectual del Estado español está surcada desde hace varios siglos por una campaña de desprecio de las identidades y culturas de las naciones oprimidas, es una verdad oficialmente silenciada. Una verdad, empero, tan aplastante en su aplicación sistemática que ahora ya sí son "verdades" los significados de frases hechas sobre los pueblos no españoles. A la vez, para ocultar el chauvinismo de nación dominante, desde hace una década se ha reactivado la propaganda contra el "racismo vasco", aprovechando y sacando de contexto algunas expresiones de finales del siglo XIX de Sabino Arana. El objetivo de esta campaña es ocultar y camuflar el chauvinismo histórico español y en especial su transformación en racismo en los últimos años. La propaganda diaria contra todo lo vasco que se realiza desde varias cadenas de radio, televisión y prensa escrita, no es casual sino que responde a una ofensiva generalizada para recuperar el "orgullo español", reducir a la vez la tendencia al alza de las conciencias de las naciones oprimidas y frenar y hacer retroceder la tendencia al alza de las conciencias de, por llamarlas de algún modo, "regiones fuertes" existente en el Estado español.
De este modo, un cuarto de siglo después de la muerte del dictador Franco, el nacionalismo español vuelve a recuperar sus viejas esencias pero en un contexto mundial y estatal diferente. Sin embargo, existen dos continuidades de fondo que quiero resaltar porque adelantan un aspecto crucial que analizaré luego. Por un lado, primera continuidad pese a los cambios superficiales y formales en el nacionalismo español actual, la recuperación de la mitología tradicional de la Reconquista y del Imperio, con lo que el nacionalismo español ha vuelto a ser furibundamente imperialista; y por otro lado, segunda continuidad en el izquierdismo español, la recuperación por las izquierdas --por llamarlas de algún modo-- españolas de la crítica del "racismo sabiniano", ya que fue precisamente en los debates durante la primera salida escisionista de un sector de ETA, que abandonaron esta organización, cuando la Oficina Política acusó al resto de la organización de, entre otras cosas, asumir el "racismo sabiniano" y querer imponer el euskara a los castellano parlantes. Lo importante de un debate escisionista de hace 35 años es que las dos críticas vuelven a oírse a diario provenientes tanto de la izquierda como de la derecha española, y por supuesto del centro. Tal vez sea bueno recordar que aquella escisión inició una línea evolutiva de la que después surgirían diversas corrientes de entre las que destacaron luego prominentes intelectuales del PSOE.
Pues bien, volviendo ahora al tema que nos interesa, la recuperación del nacionalismo imperialista español no afecta sólo, por su agresividad, a Hego Euskal Herria, sino a todas las restantes naciones y culturas oprimidas, y también a la propia cultura e identidad castellana, desvirtuada y tergiversada hasta el extremo para poder así, sobre su irrealidad, más con los añadidos no menos falsos de una imagen folclórica andaluza de pandereta y castañuelas, crear los dos pilares básicos del mito de "España". Habrá otros pilares, como el de la resistencia aragonesa a la invasión napoleónica hasta terminar en la "España" no de los íberos, como hasta ahora, sino en la de los "españoles" desenterrados en las excavaciones arqueológicas de Atapuerca. Se quiere admitirlo o no, vivimos bajo este nacionalismo imperialista que se sustenta en una explícita negación anticientífica de la historia.
Frente a esto, y bajo esto, los vascos y las vascas nos encontramos en la misma situación que padecen, sienten y valoran otros muchos pueblos, conscientes de los desprecios e insultos lanzados contra ellos por el nacionalismo imperialista de los Estados opresores. Nosotros, como estos pueblos, sabemos lo que está en juego porque lo sufrimos en nuestras carnes y en nuestra historia. Pero, al igual que esos pueblos, también sabemos que los nacionalismos imperialistas no solamente desconocer estas realidades, porque no las padecen, sino que además piensan que cualquier resistencia a su dominación carece de sentido, es ilógica y fanática.
Salvando las pocas distancias que separan estos casos, lo mismo creen los racistas blancos con respecto a los pueblos despreciados como "de color", los chicanos, los afroamericanos, los latinos y los indígenas, por ejemplo en los EEUU, o los aborígenes en Australia, o los indios nativos en América Latina; otro tanto tenemos que decir de los payos respecto a los gitanos, a los africanos, turcos, kurdos, etc.; los eurooccidentales respecto a los euroeslavos, los euronórdicos respecto a los latinos, portugueses y griegos. Lo mismo creen los burgueses engominados y engreídos con respecto a los trabajadores en general, que son seres de segunda, carne de fábrica, precariedad, paro y pobreza. Y en el fondo y en la superficie, los hombres creemos que las mujeres son genéticamente inferiores. Variando en la forma externa pero manteniendo la esencia el nacionalismo imperialista español cree que los gallegos son pusilánimes, que los catalanes peseteros, que los andaluces vagos y, por no extendernos, que los vascos somos brutos, racistas y violentos, como corresponde a los últimos indígenas de Europa.
Cuando el blanco, sea burgués multimillonario o mísero trabajador, ve que el chicano, el afroamericano, el nativo, etc., inferiores por naturaleza y/o por designio divino, no aceptan su suerte y se pone no tanto en pie sino sólo de rodillas, entonces el civilizado occidental procede a toda serie de descalificaciones y amenazas. Además las justifica con supuestas "razones científicas", desde la genética de las razas hasta la sociobiología pasando por diversas filosofías de la historia y todos los tópicos misóginos que "demuestran" lo razonado de sus creencias y lo injustificado de las quejas de los seres o los entes destinados a obedecer, sean bosquimanos, mujeres o vascos. Tales construcciones ideológicas, pues no son otra cosa, además tienen la sorprendente virtud de demostrar que, para colmo, quienes somos inferiores debemos sentirnos felices y contentos con nuestro destino, humildes en nuestra obediencia y colaboradores con los seres superiores a nosotros. O sea, debemos ser "buenos ciudadanos", "esforzados trabajadores", "disciplinados votantes", "ejemplares esposas, virtuosas jóvenes y abnegadas madres". Es así como se comprende que el nacionalismo imperialista español pueda sostener que, en estas condiciones y sólo en estas, por ejemplo los gallegos además de pusilánimes son también maleables y pacientes; los catalanes además de peseteros son también buenos negociantes y realistas con sentido común; los andaluces además de vagos son alegres y parlanchines, y, por no extendernos, los vascos además de brutos también nobles y trabajadores. Pero estas calificaciones son siempre secundarias y condicionales, añadidas a las primarias según y como agrademos y sirvamos al ser superior que en nuestro caso, en el de Euskal Herria, obviamente, son las llamadas "culturas civilizadoras" española y francesa.
Ahora bien, si no nos comportamos con arreglo a nuestra condición, es lógico que merezcamos un correctivo o un castigo proporcional a nuestro pecado e insolencia, así lo creen los superiores que nos observan en todo momento. Se ponen entonces en funcionamiento los múltiples mecanismos del poder estatal y de los subpoderes y micropoderes existentes, y según los casos, hasta se nos intenta reconducir a la jaula, al redil con buenas palabras y hasta con promesas. A los vascos, por ejemplo, se nos ha dicho que nuestro destino es "sentirnos cómodos en España". Otro tanto con respecto al "esclavo feliz" y a la esposa que es convencida para que no se divorcie y siga en el "dulce hogar". Y si pese a tanta magnánima tolerancia del ser superior hacia nosotros, nos obcecamos en delirios de independencia, entonces se desarrollan los demás instrumentos de coerción, miedo y violencia, legales y democráticas, por supuesto. Sin embargo, lo decisivo para el nacionalismo imperialista español y francés, no es tanto la legitimidad de su propia ley sino su efectividad material última.
Solamente cuando descubrimos la terrible verdad de este objetivo práctico, que no es otro que el de mantener el poder de explotación debido a los beneficios que produce al explotador, sólo entonces podemos comprender la débil separación que existe entre la brutal justificación del muy real macho ibérico de que "la maté porque era mía", con el no menos real racismo español contra los emigrantes y contra los vascos y contra quienes osen rebelarse. La tenue separación entre esos comportamientos tiende a desaparecer, además, cuando los medios propagandísticos intervienen masivamente azuzando el nacionalismo imperialista. Mientras tanto, las izquierdas estatales menos integradas en la ideología imperialista de su burguesía, sólo aciertan a balbucear frases pomposas pero huecas, vacías, contra el llamado pensamiento único y una abstracta y afortunadamente lejana lucha contra la globalización. Nosotros, por nuestra parte, sabemos por una contundente experiencia histórica -opresión nacional- que el nacionalismo españolista es tanto más invisible para la inmensa mayoría de la población del Estado cuanto más implacable y feroz se muestra porque únicamente desde esa invisibilidad conceptual se puede mantener su supuesta legitimidad democrática. Así, las víctimas somos convertidas en verdugos. Desmontar este andamiaje ideológico, psicológico e irracional de masas exige un esfuerzo consciente que, dicho con sinceridad, debe empezar por el cuestionamiento crítico y radical de la propia existencia de "España" cárcel de pueblos en vez de cómo "nación de naciones".
2. LIMITACIONES INSUPERABLES DEL NACIONALISMO DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
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